MADRID, 31 (SERVIMEDIA)
La vida de este joven de 31 años está salpicada de cambios. Nació con una enfermedad degenerativa en la vista que le ha hecho transitar desde la luz hasta la ceguera casi absoluta. Es peruano, pero con apenas tres años su familia se instaló en un municipio de la provincia de Barcelona. Y hace siete años decidió que todos le llamaran Enrique y aprendieran a olvidar que en el pasado fue una niña.
Enrique Campo empezó el camino hacia el cambio, como él lo llama, con 24 años y a esa edad “ni sabía de la existencia de personas trans”. Hoy se conmemora el Día Internacional de la Visibilidad Trans dedicado a la sensibilización en contra de la transfobia y este joven, apasionado por la música, ha querido contar en una entrevista para Servimedia cómo es vivir con discapacidad y la condición transgénero.
Cuando llegó a la universidad, empezó a oír a hablar del colectivo de la diversidad. De niño recuerda que él notaba “cosas diferentes” a las que entonces no podía dar explicación. “Una vez me corté el pelo y me puse ropa ancha, estilo rapero, junto a otros compañeros para ir al instituto y los profesores nos dijeron que no estábamos en Carnavales”, relata.
Enrique tiene una discapacidad visual severa debido a un glaucoma que le ha robado progresivamente la vista. En la actualidad, mantiene un pequeño resto visual con el que más o menos se maneja cuando hay luz, en el resto de las ocasiones necesita del apoyo de un bastón.
En aquella etapa de estudiante de Bachillerato en la que empezaba a descubrir ‘nuevas asignaturas’, aún podía vislumbrar su silueta frente al espejo. “Recuerdo que aquel día, después de salir de clase, me miré en el espejo y me gustó mucho lo que vi y pensé que ojalá pudiera ir así vestido siempre a estudiar”. Pero incluso entonces, Enrique tampoco supo identificar lo que le estaba sucediendo. “Aquellos fueron años duros en los que me hicieron ‘bullying’. Me llamaban bollera, marimacho, pero también me discriminaban por mi discapacidad y por el color de piel porque nací en Perú”.
DEL ‘BULLYING’ AL ‘PASSING’
“Después vinieron las preguntas, el por qué a mí no me gusta lo que al resto de las chicas, por qué no era cómo ellas”, relata. Con una mochila llena de dudas, Enrique comenzó sus estudios universitarios para obtener el Título en Grado Superior en Integración Social. “Allí pude conocer la diversidad de personas. Para ser integrador social tienes que estudiar y trabajar con un amplio abanico de colectivos y fue así como conocí este mundo de la diversidad”, reconoce.
Cuando por fin decidió cambiar a ‘su nuevo yo’ y comunicó a su familia y amigos que debían llamarle Enrique, “lo aceptaron, pero les costó asimilarlo”. Insiste en que dentro del colectivo trans él goza de cierto estatus de privilegio porque “no es lo mismo hacer la transición hacia lo masculino que a la inversa”. “Las mujeres trans lo tienen mucho más difícil cuando los cambios en el físico o en la voz son demasiado visibles. La gente las ataca y eso es muy triste”.
Confiesa que le ha ayudado mucho “ser un caso de ‘passing'”. Se trata de concepto del argot trans que hace referencia al hecho de pasar desapercibido en el género en el que las personas trans se identifican. “En mis años de mi Universidad, incluso ahora, que estoy trabajando, a veces cuento que antes fui una mujer a personas con las me siento cómodo y la gente siempre se queda muy sorprendida”. Ellos solo ven a un hombre.
Pese al largo proceso de hormonas, a tener que llevar un top para disimular su pecho (está en lista espera desde hace años para una mastectomía), lo que más le pesa “no es la discriminación por su orientación sexual, sino por su discapacidad”.
Cuando la enfermedad degenerativa del glaucoma le provocó la pérdida progresiva de capacidad visual, necesitó de apoyos en el aula. “Los niños se metían conmigo en el colegio porque necesitaba un atril y ellos pensaban que era un privilegio”. Luego de adulto, cuenta que en las primeras entrevistas de trabajo se postulaba para trabajar con niños pero cree que “al ver el bastón” nunca le seleccionaron.
Sin embargo, Enrique sabe mucho acerca de reinventarse y partir de cero. Así que decidió hacer de la discapacidad una de sus fortalezas. “Lo que hice es destacar mi ceguera como algo positivo para la educación en la infancia y la adolescencia”, explica. “Hice que las empresas vieran que la diversidad es un valor añadido y que tener una discapacidad no va a perjudicar a nadie”.
Este joven ha trabajado como educador social en varias residencias para personas mayores, en la ONG por la Infancia Save The Chidren. Actualmente, forma parte del equipo técnico de una iniciativa de Inserta Empleo cuyos alumnos con discapacidad psicosocial aprenden, entre otras cosas, a manejar una impresora digital. Enrique se muestra encantado con ‘sus chavales’, cada uno con su discapacidad, pero todos, incluido él, diversos.
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